Paseando entre la naturaleza del campo abierto, recién concluida la tormenta. Ví a ese, digamos ser, junto a unj cuerpo pálido, rígido y sin vida. La muerte con su guadaña arrebata la vida del cuerpo inerte. Una imagen petrificante, pero digna de ver. Ella sabía que yo la observaba. Muchos que dicen haber visto a la muerte la describen como algo horrorífico, huesudo y cubierto con una capa negra. Y no se equivocaban. Su rostro, si podemos llamarlo así, huesudo y que escondía tanto misterio y oscuridad miró mis ojos con sus cuencas y no pude correr. Era como si todo lo que había aprendido lo hubiera olvidado. Como si mis pies estuviesen clavados a la tierra. No sabía si quiera si seguía con vida...
Entre el viento de campo abierto, la muerte desapareció de mi vista y yo caí de rodillas a la hierba húmeda. Me acerqué al cuerpo, recientemente muerto. Era una imagen espantosa: un rayo lo carbonizó por completo. Y junto a él pude ver la, torpemente cavada, tumba de un pequeño niño de seis o siete años. El cuerpo del niño aún no estaba complemtamente enterrado, se podía ver su cabeza... acuchillada.
En ese momento aprendí una cosa: la muerte es espantosa, pero es la única capaz de frenar los malos actos de la manera más inmediata y directa.
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