Aquel día me desperté ansiosa por que llegara la tarde. Volví rápido del intituto, dejé el plato vacío en un pestañeo y me tocó esperar hasta las cuatro y media para salir. Intenté entretenerme con cualquier cosa para saciar a mi nerviosismo, aunque de poco me sirvió.
Llegaron las esperadas cuatro y media y, ni un minuto más, corrí a la cocina. Dando brincos de un lado a otro como una niña pequeña, le metía prisa a mi padre. Él, haciéndose el gracioso hacía sus pasos cada vez más lentos para hacerme rabiar. Fuimos directos al autobús, sin perder un segundo.
"Vamos a llegar demasiado pronto", no paraba de repetir. "Ya verás como no", respondía.
Al llegar, dejó caer la frase que llevaba guardada: "ves, está cerrado". Yo, convencida, le repetía que no era verdad. Acerté, la tienda estaba abierta.
Entró él primero. Yo al dar un paso dentro de la pequeña tienda, mis ojos se abrieron como platos. Éramos los únicos a parte del señor mayor y el dependiente. Comencé a posar la mirada en todas las pequeñas obras de arte, fijándome en cada uno de sus detalles. Llevaba más de un año deseando una pequeña caja de música y el día, por fin había llegado.
Mi padre se enamoró en seguida de una en concreto. Tenía forma de tio vivo, con tres caballos que daban vueltas si girabas la pequeña máquina. La probé y me encantó su música. Él no dejaba de repetir lo mucho que le gustaba. Y yo sin saber a ciencia cierta el por qué decidí coger esa. De entre todas, esa fue la que, supongo, que más me gustó. Aunque le daba más importancia que a mi padre le encantara.
Me sorprendió a mi misma los muchos recuerdos que me llegaba a traer esa caja de música y su melodía. Contagiada por la ilusión de niño de mi padre, acabé enamorándome de ella.
Y, aun habiendo oído "La Donna E Mobile" una cantidad asombrosa de veces, sigo sin cansarme.
Me sorprendí a mi misma viendo como en una pequeña caja de música se podían guardar tantísimos recuerdos.
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