sábado, 22 de junio de 2013

Mi pequeño, gran, tesoro.

Me llamó de improviso.
Yo estaba comiendo con mi madre cuando me llamó. No lo esperaba  y me preocupé. "Debe ser algo grave", me dije. No solía llamar por tonterías.
Aquella no fue una excepción.
"Pasa por casa, deja los libros y vete en  el metro hasta Antón Martín." Decía la voz de mi padre.
Tardé menos que nunca en volver a mi casa. Normalmente una hora, tardé la mitad. El corazón me gritaba si me quedaba quieta. Cogí el tren por los pelos, llegué al autobús de milagro.
Ya desde casa, me tomé las cosas con más calma. Un paso rápido, pero más lento. El tren no tardó en llegar. "Menos mal que he hecho la tarea", me tranquilizaba a mí misma.
Llegué a Antón Martín. "¿Has traído el dinero?", preguntaba mi padre. Me asusté y comencé a preguntar preocupada de qué dinero se trataba.
Al llegar a una esquina, se abrió un gran escaparate; guitarras, pianos... Una tienda de música.
Me compró un violín.
Reluciente, con el forro del estuche verde; perfecto para mí. Aún no me lo terminaba de creer.
Bajamos hasta casa andando, no me importó. La ilusión alimentaba cada uno de mis pasos, aun siendo una persona a la que es difícil ilusionar. Paramos en un parque, junto a Atocha.
Me compró un helado, él se compró su cerveza. Hacia tiempo, mucho, que no nos sentábamos en un banco, en el parque, tranquilos, sin prisas.
Juré que nunca volvería a ilusionar, es muy doloroso si la ilusión muere.
"¿Te hace ilusión? Esto para pagar lo de la última vez", dijo.
Podría haberme puesto a gritar y saltar en ese mismo instante. Durante esos meses había estado pensando la manera de igualar la balanza.
Me prometí que jamás volvería a ilusionarme, pero aquella fue una sorpresa que, realmente, valió la pena.

No hay comentarios:

Publicar un comentario