Todas las historias que escribo son fantasías, nada tienen que ver con la realidad.
Hoy 30 de julio he salido de las dársenas camino de Barcelona. He despedido a mi padre y a mi madre. Me senté al final, mi lugar preferido. En ese mismo instante noté cómo algo, diminuto, dentro de mí se rompía; mi niñez. Puede que la perdiera hace mucho pero en ese instante se rompía por completo.
Esto no es como el autobús escolar. No te dicen que no te levantes, ni que no mires hacia atrás, ni que te pongas el cinturón... Aquí eres responsable de ti mismo.
Ya son las siete cuando paramos en otra dársena. Me pongo a pensar: ¿y si ocurre algo? En un momento como este te das cuenta de en qué posición de prioridad estás. Primero los infantes, son primordiales, después los niños, seguidos de las mujeres, los hombres y los ancianos. Yo estoy ahí, en medio. Soy mujer por lo que siempre estaría al principio. Pero no me imagino a un hombre anciano... Que lo hay, está al final de esta primitiva lista.
Veo a la gente subir al autobús, de todas las clases y tipos. Me pregunto qué dirán de la niña solitaria del fondo. Niña a ojos de adultos. Aunque dentro de mi mente, quizá, tenga unos años más.
Me acuerdo de los viajes que hacía con mi madre para ir a la playa. La diferencia es que íbamos ella y yo, solas, sin toda esta multitud; sin extraños. Aunque la música hace que todo el mundo desaparezca; se borre por completo.
Hay paisajes que no se pueden captar nada más que con los ojos. Si los intentas aprisionar en una cámara, su esencia se escapa.
Me dejo bañar por la luz del sol y la música inunda mis oídos. Siento una felicidad casi etérea, algo que jamás sentí antes... Quiero volver a tener esta sensación. Tan refrescante, tan calmada, tan brillante, tan cálida...
Es tan precioso y tan preciado como un campo de girasoles.
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